Si la historia universal o la mecánica cuántica ya cabe en un pen drive, ¿por qué no podemos enchufarnos el pen drive directamente al cerebro? Así podríamos adquirir esos conocimientos de forma instantánea. Con conexiones directas similares, quizá podríamos insertarnos una especie de Google en la cabeza para buscar en nuestra memoria, o ampliar nuestra inteligencia acoplándola a las modernas redes neurales y demás programas que aprenden de la experiencia. Así comienza un interesante artículo del País que aconsejo leer profusamente.

Imaginar el acoplamiento entre mente y máquina es tan viejo como la película Metrópolis, lo que es nuevo es que la conexión de un cerebro humano a un ordenador mediante microelectrodos implantables es ahora una opción científica real. Los avances recientes en neurociencias, junto a la progresiva miniaturización de los sistemas electrónicos, están haciendo posible la conexión de componentes técnicos a las estructuras cerebrales.
Lo que me sorprende de veras es el tratamiento que se da a la interfase entre cerebro y máquina como un caso altamente sofisticado de uso de herramientas. Lo que no se debate tan abiertamente, es cómo proceder en el caso de que estas herramientas fallen, ¿Qué haremos? ¿Dejar una semana el cerebro en el servicio técnico de Media Markt?
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